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“Ya puedo agacharme sin dolor”

Perfil: trabajo físico de pie · viene 1 día a la semana · desde enero

Tania trabaja en un supermercado.

Piensa un segundo en lo que significa eso para una espalda. Reponer. Cargar cajas. Agacharse, levantarse, agacharse otra vez. Cuarenta, cincuenta, cien veces al día. No es un trabajo de oficina donde el problema es estar quieto. Es justo el contrario: su espalda no para.

Y en un momento dado, la lumbar dijo basta.

Se le quedó la zona bloqueada y pasó a no poder moverse casi sin que le doliera. Agacharse, que es literalmente lo que hace todo el día en su trabajo, se convirtió en un problema.

Ella lo cuenta así:

“Apenas podía moverme sin dolor o agacharme.”

Léelo con calma, porque suena a poco y es muchísimo. Agacharse. Coger algo del suelo. Atarse los zapatos. Sacar la compra del carro. Cosas que haces cincuenta veces al día sin pensar y que, cuando duelen, te ocupan la cabeza entera.

Lo que buscaba era muy sencillo

No venía a ponerse en forma. No venía a bajar peso. No venía a hacer abdominales.

Venía a recuperar movilidad y dejar de tener dolor. Punto.

Y esto es algo que vemos mucho y que nos parece importante decirlo: la gente que llega con la espalda mal no quiere un cuerpo nuevo. Quiere el suyo de vuelta.

Paciente realizando ejercicio terapéutico supervisado en clínica de fisioterapia

Aquí viene el detalle que más nos gusta de su caso

Tania viene un día a la semana.

Uno. No tres, no cinco. Una clase de 50 minutos por semana, encajada como puede entre turnos de supermercado.

Y aun así lo ha notado. Lo dice ella:

“Aunque solo vaya una vez a la semana, lo he notado bastante.”

Esto merece que nos paremos, porque va en contra de todo lo que te venden por ahí.

No hace falta entrenar cinco días para mejorar. Lo que hace falta es que esos minutos estén bien invertidos. Una clase a la semana en la que un fisioterapeuta te está viendo, te corrige, te sube la carga cuando toca y te la baja cuando ese día vienes tocada, rinde más que cinco sesiones sueltas en una sala llena de gente donde nadie sabe cómo estás.

La diferencia no es la cantidad. Es quién está delante.

Qué trabajamos con ella

Lo primero fue devolverle movimiento a una zona que se había quedado agarrotada y que ella, con toda la lógica del mundo, había empezado a proteger. Porque cuando algo te duele, dejas de moverlo. Y cuanto menos lo mueves, más rígido se queda. Es una pescadilla que se muerde la cola y hay que romperla desde dentro.

Después, fuerza. Con los muelles del Springboard se puede cargar de forma progresiva y controlada, subiendo poquito a poco, sin los saltos bruscos de una máquina de gimnasio.

Y sobre todo, entrenar el gesto que ella necesita de verdad: agacharse. Pero agacharse bien, repartiendo el trabajo entre las piernas y la cadera en lugar de dejárselo todo a la lumbar. Porque en su trabajo va a tener que hacerlo igual mañana. La cuestión es si lo hace de una manera que le pasa factura o de una que no.

Dónde está hoy

“Ya puedo agacharme sin dolor y salgo de clase mucho más aliviada.”

Dos cosas en esa frase, y las dos importantes.

Que puede agacharse sin dolor. Que es exactamente lo que vino a buscar. Ni más ni menos.

Y que sale de clase aliviada, no reventada. Esto no es un entrenamiento para acabar arrastrándote. Es salir con la sensación de que la espalda va suelta y de que has hecho algo bueno por ti.

Lleva con nosotros desde enero, desde que abrimos la sala de Pilates.

Lo que más valora

“Lo que más valoro es que seamos máximo 3 personas, porque así el fisio está súper pendiente de nosotras y de nuestro dolor, y las clases se hacen súper amenas.”

Fíjate en cómo lo dice: pendiente de nosotras y de nuestro dolor.

Eso es lo que no puede pasar en una sala de veinte personas. No porque el monitor sea malo, sino porque no puede. No puede saber que hoy Tania viene con la lumbar cargada de un turno largo y que toca bajar el ritmo. No puede verle la cara cuando hace un movimiento que no le termina de gustar.

Con tres personas, sí.

Y lo de “amenas” tampoco es un detalle menor. Si una clase te aburre, dejas de ir. Y el mejor plan de ejercicios del mundo no sirve de nada si no vuelves la semana que viene.

 

¿Trabajas de pie, cargando, agachándote todo el día?

Entonces tu espalda no necesita reposo. Necesita ser más fuerte y moverse mejor. Y necesita que alguien te enseñe cómo, porque mañana vuelves a trabajar igual.

Con un día a la semana se empieza.

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